
Viento y Patagonia, Patagonia y viento. Siempre de la mano, indisolubles, imposible entender esta tierra sin el zumbido constante en el oído, difícil pasear por sus costas sin aferrarse a algo y harto más complicado pedalear en linea recta por sus desamparados caminos. Eolo, como todo ser poderoso, es caprichoso hasta la saciedad. Si te alías con él las cosas pueden llegar a ser muy sencillas, pedalear con su empuje no requiere esfuerzo alguno y es rápido, muy rápido, como si uno se encontrara ante un descenso infinito, o más. Porque su poder es incluso superior al de la gravedad: risa me dan los montículos cuando avanzo en su compañía y de poco sirve un gran desnivel negativo cuando voy en su contra. Y es que, ojito, que con Eolo las cosas claras: o estás con él o contra él, no hay medias tintas. Dicen algunos que sale a pasear por la Patagonia ( una de sus áreas recreativas favoritas en todo el mundo) cada día entre las 11-12 del mediodía hasta las 18-19 de la tarde. Iluso el que crea que puede esquivarlo levantándose al alba, si se va contra su voluntad, seguro que aparece prontito; y, la verdad, enfrentarse a su furia es una batalla perdida de antemano. Nada peor para la moral ciclista que afrontar una larga recta patagónica con el viento de cara: la cabeza gacha y la marcha más corta, ando a menos de 7 km/h, pasa una eternidad en constante esfuerzo y cometo el error de levantar la cabeza para comprobar sin remedio que apenas avancé unos metros. El viento y la recta patagónica siguen ahí, desafiantes ante un pobre esforzado de la ruta que, a regañadientes, acepta la derrota. Parada y fonda. Quizás su azote suavize en la noche y permita un plácido sueño en la tienda de campaña, y quizás, porqué no, mañana el viento me acompañe...